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"Perdí" una guagua...

November 1, 2015

 

Sí, es super normal. Sí, nos pasa a muchas. Sí, el consuelo es que esa guagüita no venía bien. ¡Pero por Dios que duele! Es un tiempo triste, incomprensible y poco hablado! Por lo tanto, poco acompañado.

Se sienten tantas emociones diferentes. Primero llega esa maldita culpa que viene de regalo con la maternidad (viene adentro de esa bolsa que te regalan en la clínica).

Uno se pregunta si hizo algo que pudo provocar esto: ¿será por que cargué muchas bolsas? o ¿será que comí algo que no debía?, invevitablemente uno se culpa.

Se le suma a ese sentimiento una sensación de decepción asquerosa, de no entender cómo mi cuerpo no logró hacer algo para lo que está hecho! Duele hasta el orgullo.

Y luego vienen todas las decepciones y frustraciones que puedan existir. Hay que deshacerse de todas las expectativas que uno alcanzó a tener, olvidarse de los nombres que alcanzaste a pensar, tragarse la ilusión de esa guagüita, contarle a la gente que te rodea, y tratar de entender qué le pasa a tu cuerpo, que tampoco sabe mucho cómo reaccionar. El pobre sigue con hormonas del embarazo, pero ya no hay una guagua viva. Es bien confuso. Y se demora mucho en volver a la normalidad.

Además, tiene que salir todo. Y para eso hay algunas opciones como raspaje o método natural, entre otras. Todas durísimas, penosas, fuertes. Yo decidí que fuera natural, y esperar a que saliera todo a su tiempo. Pero eso significó dos largas semanas de sangramiento (dura la palabra pero siempre es bueno hablar claro), dos semanas de mini contracciones, y por último botar una especie de huevito ¡que era mi guagua!

No sabía qué hacer con este huevito y me lo llevé a mi casa. Le conté a mi marido que tenía esto en mi bolsillo y no quería botarlo a la basura.

Él, con su calma y claridad, y con esa cosa masculina de proponer soluciones, se le ocurrió que compráramos un árbolito y enterráramos a nuestra no guagüita bajo el árbol en nuestro jardín. Y así lo hicimos.

Compró un magnolio, mi árbol favorito, y enterramos este huevito. Fue la mejor idea. Fue un ritual de despedida, de cierre, un mini funeral; que nos sirvió para reconocer que esta guagua tuvo un lugar en nuestra vida y también para llorar la pena que sentíamos.

Luego vino la etapa de contarle a las familias y responder cuando alguien me preguntaba. Y lo más chocante y duro fue escuchar una y otra vez. "Pobre, "perdiste" tu guagüita"... ¿Cómo estás? ¿Supe que "perdiste" tu guagua?.... perdí una guagua... NO! No perdí nada! No se me quedó en el supermercado! No la dejé tirada por ahí, no fue un descuido! Se murió mi guagua; o no era viable, pero no la perdí. 

Y así fue como pensé más claramente cómo contarle a Nico, mi hijo de 5 años y a Vicente de 2, que ya no había una guagua en mi guata. No podía decirles que la había perdido. Los niños son muy concretos y los pobres iban a creer que su mamá era una estúpida que pierde guaguas y que en el futuro los iba a perder a ellos. Por lo que elegí con cuidado las palabras que iba a usar y les hablé claro. A lo que Nico me respondió con la sencillez que caracteriza a los niños: Mamá, esta guagüita no resultó, pero podemos tener otra. Y así fue, después nació la Aurora.

Y ahora, casi dos años más tarde, siento la necesidad de compartir esta experiencia, porque creo que es un tema que se habla poco, incluso entre amigas. Es difícil entender la pena de alguien que pasa por esto. Es difícil hablarlo.

Creo fundamental no usar la palabra "perder", si-no usar palabras claras y directas. Y no dejar sola a una mujer a la que se le acaba de morir su guagua, aunque sea de 8 semanas, aunque parezca que fue más una ilusión que una guagua. Hay que acompañarla, escucharla, abrazarla. Tranquila, que la pena pasa.

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